El pasado 21 de junio, Estados Unidos, en coordinación con Israel, lanzó ataques militares contra tres instalaciones nucleares clave en Irán.
La acción representa una escalada significativa en el conflicto entre Israel e Irán, con la participación directa de EE. UU. bajo la administración del presidente Donald Trump.
Los objetivos principales de estos bombardeos fueron los complejos de Fordow, Natanz e Isfahán, considerados epicentros del programa atómico iraní.
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Según declaraciones del presidente Trump y el secretario de Defensa, Pete Hegseth, el ataque fue un “éxito militar espectacular” y buscaba destruir la capacidad de enriquecimiento nuclear de Irán.
Además, querían detener su desarrollo de armas nucleares.
Para el operativo se utilizaron armamento de alta precisión, incluyendo bombas antibúnker GBU-57A/B y misiles Tomahawk, diseñados para impactar instalaciones subterráneas fuertemente protegidas.
Pese a los ataques, Irán ha asegurado que el uranio en sus instalaciones permanece intacto y ha prometido represalias.
Este hecho marca un nuevo punto de quiebre en las relaciones entre Estados Unidos e Irán, así como en la dinámica de poder en Medio Oriente. La operación, que el gobierno estadounidense calificó como coordinada con Israel, eleva al máximo la tensión regional, generando preocupación a nivel internacional sobre las posibles consecuencias y una escalada mayor del conflicto.
Luego de lo ocurrido, Trump advirtió a Irán que “habrá paz o habrá una tragedia para Irán mucho mayor de la que hemos presenciado en los últimos ocho días”. Añadió que si la paz no llega rápidamente, irán tras “esos otros objetivos con precisión, velocidad y habilidad”.
Por su parte, Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, dijo que ahora el mundo es más seguro luego de este ataque. “Creo que el mundo de hoy es más seguro y más estable que hace 24 horas”, comentó el funcionario.


