sábado, marzo 7, 2026
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Maturín, Yucatán

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Solo los genios trastocan el orden establecido de las cosas. Y no podría ser otro, sino Armando Manzanero, quien uniera una pequeña capital del oriente venezolano con la extensa península yucateca.

Nos hizo falta tiempo/ mucho tiempo por vivir…

Corría el Año del Señor de 1978 y en el Liceo “Miguel José Sanz” de Maturín, el Maestro José Apolinar Cantor dirigía un orfeón de díscolos zagaletones quinceañeros, quienes acudíamos a los ensayos durante los calurosos mediodías de los llanos orientales. Con un talento motivador y una inspiración sin iguales, el joven director lograba imponer disciplina, tanto en asistencia como en conducta, a un grupo de adolescentes que en las noches podían incurrir sin reparos en ciertas fechorías típicas del vandalismo juvenil. Claro que se interpretaban temas clásicos corales venezolanos, como la música de Vicente Emilio Sojo o de Inocente Carreño, así como muchas obras de la música popular o folclórica de Venezuela y de toda Latinoamérica; pero también los arreglos corales de la música universal de Mozart o de Haendel —todavía resuenan en nuestros oídos los solemnes acordes del Aleluya, acompañados por la Orquesta Sinfónica Juvenil del momento, en un recinto tan especial como la imponente catedral de la ciudad, según el criterio de connotados arquitectos, la más bonita de Venezuela—.

De quién es usted/ quién busca el momento preciso/ que usted necesita un beso…

El Maestro Cantor, a la sazón también un mozalbete de 25 años, estaba convencido de su acción creadora en el mundo de la música y complementaba su posición de director de orquesta con la de ductor de muchos estudiantes en distintas corales de la ciudad. Pero hete aquí que Cantor también era un enamorado del bolero y de toda la canción popular latinoamericana, y con frecuencia, para generar un clima más distendido en medio de los ensayos, deleitaba a sus alumnos con maravillosas interpretaciones de los grandes de estos géneros, acompañándose con una limpia ejecución en el piano. ¡Y sí! ¡Exacto! ¡Era un fiel seguidor del grande de la balada romántica, del inigualable Manzanero! Y fue allí cuando empezamos a escuchar en vivo los éxitos de quien tristemente nos abandonara esta semana. Manzanero nos impregnaba de su romanticismo y de su ternura en la impecable voz de tenor de nuestro Maestro Cantor, justo en esa etapa de la vida cuando se experimentan los primeros amores, todo llevado al límite cuando el más hermoso de los sentimientos humanos era inspirado por las muchachas de Maturín quienes, como todo el mundo sabe, son las más bellas del planeta, en cerrada disputa con las chicas de Praga.

Contigo aprendí/ que existen nuevas y mejores emociones…

Así que los muy afortunados discípulos de Cantor no tuvimos que esperar la época de Luis Miguel para vivir el gran placer de escuchar a Manzanero. Somos novios, Voy a apagar la luz, Mía, Adoro y muchas otras de las centenares de canciones del maestro mexicano las conocimos con deleite a través de Cantor, quien también nos llevaba “coleados” a fiestas de Navidad o de cumpleaños en los clubes sociales de la ciudad, afirmando que éramos del “equipo” de los músicos. Muchas fueron las ocasiones de gratísimas veladas cobijados por generosas familias de la capital monaguense, con quienes compartimos gracias a la generosidad del Maestro, quien interpretaba a Manzanero con su muy afinada voz, mientras nosotros, irreverentes adolescentones, libábamos los mejores escoceses en medio de la pletórica abundancia de la Venezuela saudita.

No sé tú/ pero yo quisiera repetir/ el cansancio que me hiciste sentir…

Cantor se esmeraba particularmente en Esta tarde vi llover, que venía como anillo al dedo en la intensa temporada de lluvias de la ciudad oriental, donde usted debe estar muy atento a cualquiera de sus sorprendentes chaparrones pera no quedar empapado hasta los huesos. Y mientras cantaba, se cruzaban las miradas de alguna bella soprano con la de un bajo con voz grave todavía muy incipiente, a quien se le escapaban los “gallos” en medio de la más limpia ejecución, graciosas consecuencias de trabajar con voces juveniles todavía muy inestables. Quienes nos hicimos amigos durante esa época, moriremos unidos por los lazos de la amistad perdurable, esa que se forja en medio de las aventuras juveniles y de los enredos característicos de una edad tan sentida. Ya para ese momento jugaba yo a entender a mis compañeros, sin tener la menor idea de mi futuro como psicoterapeuta varias décadas después.

Vamos, amigo/ te suplico te la lleves/por el bien de los tres…

Hoy, con el vivo dolor de las últimas horas de Manzanero apagadas por este virus que nos persigue, recuerdo a mi Maestro Cantor, pero también y sobre todo, a ese primer amor vivido con la moza más consentida de la tórrida Maturín, transformada en aquellos tiempos,  y por gracia del Maestro mexicano, en la capital de Yucatán.

Voy a apagar la luz para pensar en ti/ y así, dejar volar a mi imaginación…

Miguel Ángel De Lima

Poeta y ensayista venezolano

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