Colombia recibió US$3.347 millones en remesas durante el primer trimestre de 2026. Al mismo tiempo, Estados Unidos comenzó a cobrar un impuesto del 1% sobre determinadas transferencias financiadas en efectivo, una diferencia que puede acelerar la migración hacia canales digitales.
Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de remesas la pregunta principal era cuánto dinero llegaba.
Ahora hay otra que merece la misma atención:
¿cómo se envía?
El Banco de la República informó recientemente que durante el primer trimestre de 2026 ingresaron a Colombia US$3.347 millones en remesas de trabajadores en el exterior, manteniéndose en niveles históricamente altos. Aunque el crecimiento se ha moderado frente a 2025, estos recursos continúan ayudando tanto a millones de hogares como a las cuentas externas del país.
No estamos hablando, por tanto, de un fenómeno marginal. Las remesas se han convertido en una pieza estructural de la economía colombiana.
Pero 2026 introdujo una variable nueva para una parte de quienes envían ese dinero desde Estados Unidos.
No existe un impuesto sobre todas las remesas
Aquí conviene hacer una precisión porque el tema se presta fácilmente a titulares imprecisos.
Desde el 1 de enero de 2026, Estados Unidos aplica un impuesto federal del 1% sobre determinadas transferencias internacionales.
Pero no grava automáticamente cada remesa enviada desde Estados Unidos.
El Internal Revenue Service, IRS, establece que el impuesto se aplica cuando el remitente financia la transferencia utilizando efectivo, money orders, cashier’s checks o instrumentos físicos similares. El proveedor de la remesa cobra ese 1% al remitente y posteriormente lo entrega al gobierno federal.
Esto cambia significativamente la lectura de la medida.
Una persona que utiliza determinados mecanismos bancarios o digitales puede encontrarse en una situación distinta de quien llega físicamente a un establecimiento con efectivo para enviar dinero a su familia.
Y esa diferencia importa.
Un dólar puede parecer poco. Millones de operaciones ya no
Un impuesto del 1% puede parecer pequeño visto desde una sola transferencia.
Sobre US$200 serían US$2. Sobre US$500, US$5.
Pero una remesa no debe analizarse solamente como una operación aislada.
Para muchas familias es un flujo recurrente que llega todos los meses. Y para países como Colombia representa miles de millones de dólares al año.
El propio Banco de la República considera las remesas una fuente importante de apoyo para los hogares y para la estabilidad de las cuentas externas colombianas.
Por eso cualquier modificación en costos, canales o comportamiento de los remitentes merece atención.
La verdadera transformación puede estar ocurriendo en el canal
El nuevo impuesto produce un incentivo bastante evidente:
reducir el uso de efectivo para enviar remesas cuando existe una alternativa financiera que no esté alcanzada por el gravamen.
Eso no significa que ya podamos afirmar que los colombianos en Estados Unidos están abandonando masivamente el efectivo.
Todavía no existe suficiente evidencia pública para establecerlo.
Pero sí podemos identificar una dirección.
El sistema de remesas lleva años desplazándose hacia aplicaciones, cuentas bancarias, billeteras digitales y plataformas capaces de mover fondos entre diferentes sistemas financieros.
El impuesto estadounidense agrega ahora una razón económica adicional para considerar esos canales.
La discusión deja entonces de ser solamente tecnológica.
Se convierte en una discusión sobre cuánto valor conserva el dinero durante el recorrido.
No basta con saber cuánto envías
Imagine dos personas que quieren enviar exactamente US$500 a Colombia.
Ambas parten de la misma cantidad.
Pero pueden terminar produciendo valores diferentes para el receptor dependiendo de:
- la comisión de la plataforma;
- el tipo de cambio aplicado;
- la forma utilizada para financiar la transferencia;
- impuestos aplicables;
- costos de retiro;
- y el tiempo que tarda el dinero en estar disponible.
El verdadero precio de una remesa no es únicamente la comisión anunciada.
Es la diferencia entre lo que sale del bolsillo del remitente y lo que finalmente puede utilizar quien recibe.
Esa es probablemente la métrica que más debería interesar al consumidor.
Colombia depende cada vez más de ese flujo
Las remesas colombianas superaron por primera vez los US$10.000 millones anuales en 2023 y continuaron creciendo posteriormente. El Banco de la República ha documentado cómo estos ingresos han ganado relevancia tanto para el consumo de los hogares como para la economía nacional.
Durante el primer trimestre de este año volvieron a mantenerse cerca de máximos históricos.
Eso significa que detrás de la discusión sobre canales digitales existen millones de decisiones familiares.
Un colombiano trabajando en Miami.
Una madre viviendo en Nueva York.
Un trabajador en Houston.
Una familia esperando esos recursos en Cali, Medellín, Bogotá o Barranquilla.
En cada operación aparecen las mismas preguntas:
¿Cuánto envío?
¿Cuánto cuesta?
¿A qué tasa se convierte?
¿Cuánto llega?
¿Y cuándo puede utilizarse?
La competencia por las remesas puede cambiar
Aquí aparece la consecuencia más interesante.
Durante décadas, la ventaja competitiva de una empresa de remesas podía estar determinada principalmente por su red de oficinas físicas.
Cuantos más establecimientos existieran, mayor era su alcance.
El dinero digital modifica esa lógica.
Cuando una persona puede iniciar una transferencia desde una cuenta o una aplicación, la infraestructura física pierde parte de su importancia y comienzan a competir otras variables:
velocidad, precio, facilidad, interoperabilidad, transparencia del tipo de cambio y cantidad de dinero que finalmente recibe la otra persona.
El impuesto estadounidense sobre determinadas remesas financiadas en efectivo no provoca por sí solo esa transformación.
Pero puede acelerarla.
Hechos, interpretación y lo que todavía debemos observar
Hecho: Colombia recibió aproximadamente US$3.347 millones en remesas durante el primer trimestre de 2026, manteniendo estos ingresos en niveles históricamente altos.
Hecho: desde el 1 de enero de 2026, Estados Unidos cobra un impuesto del 1% sobre ciertas remesas financiadas con efectivo y determinados instrumentos físicos.
Hecho: el impuesto lo paga el remitente y es recaudado por el proveedor de la transferencia.
Interpretación: la diferencia tributaria entre algunos métodos de financiación puede aumentar el atractivo relativo de los canales digitales.
Lo que todavía no sabemos: si la medida producirá un cambio significativo en el comportamiento de los colombianos que envían dinero desde Estados Unidos y cuánto podría desplazarse desde operaciones en efectivo hacia transferencias digitales.
Eso será lo interesante de observar durante los próximos meses.
Porque quizás la próxima gran transformación de las remesas no tenga que ver únicamente con enviar más dinero.
Puede consistir en algo más sencillo:
lograr que una mayor parte del dinero enviado llegue realmente a quien lo necesita.
Y ahí queda una pregunta para la conversación:
cuando enviamos una remesa, ¿deberíamos comparar plataformas por la comisión que cobran o por el valor final que recibe nuestra familia?


