Cuando pensamos en la infraestructura necesaria para reconstruir un país después de un desastre, pensamos en carreteras, hospitales, electricidad, telecomunicaciones y viviendas.
Cuando pensamos en la infraestructura necesaria para reconstruir un país después de un desastre, pensamos en carreteras, hospitales, electricidad, telecomunicaciones y viviendas.
Existe otra infraestructura mucho menos visible.
La que permite que el dinero llegue.
Venezuela recibió aproximadamente US$6.000 millones en remesas durante 2025, equivalentes a cerca del 6% de su PIB, según estimaciones publicadas por el Inter-American Dialogue. Alrededor de la mitad de esos recursos habría provenido de venezolanos residentes en Estados Unidos.
Las cifras no provienen de una estadística reciente del Banco Central de Venezuela y deben entenderse como estimaciones. Pero ayudan a dimensionar el papel que han adquirido las transferencias de la diáspora dentro de una economía donde millones de familias mantienen vínculos financieros con personas que viven fuera del país.
Después de los terremotos de junio, esa realidad adquirió además otra dimensión.
Las remesas no sirven solamente para complementar el ingreso familiar.
En medio de una emergencia, pueden convertirse en una herramienta directa de recuperación.
Cuando la ayuda tiene nombre y apellido
Una familia no reconstruye su vida con estadísticas macroeconómicas.
Necesita alimentos.
Medicinas.
Alojamiento.
Transporte.
Materiales para reparar una vivienda.
Capital para volver a abrir un pequeño negocio.
Y necesita resolver muchas de esas cosas rápidamente.
Ahí la diáspora tiene una característica que los grandes mecanismos institucionales de ayuda difícilmente pueden reproducir: conoce directamente a quien necesita el dinero.
Una persona en Miami puede saber exactamente qué necesita su madre en Caracas.
Un hermano en Madrid puede conocer cuánto cuesta reparar el techo de una casa.
Un venezolano trabajando en Bogotá puede ayudar directamente a familiares que permanecen en el país.
Eso convierte a las remesas en algo más que un flujo financiero internacional.
Las convierte en una red descentralizada de apoyo económico entre familias.
Estados Unidos abrió temporalmente un canal adicional
La regulación también importa.
Después de los terremotos, la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, OFAC, emitió el 25 de junio la Licencia General 60, destinada específicamente a las operaciones relacionadas con los esfuerzos de ayuda en Venezuela.
La autorización estará vigente hasta las 12:01 a. m. del 23 de octubre de 2026, salvo que posteriormente sea modificada o extendida. Consulta aquí la Licencia General 60 de OFAC
La licencia contempla expresamente el procesamiento y la transferencia de fondos hacia o desde Venezuela cuando estén relacionados con las actividades de ayuda autorizadas. También establece que instituciones financieras estadounidenses y transmisores de dinero registrados en Estados Unidos pueden procesar esas transferencias bajo las condiciones establecidas por OFAC.
Esto puede reducir parte de la incertidumbre regulatoria que normalmente acompaña las operaciones financieras relacionadas con jurisdicciones sujetas a sanciones.
Pero hay que entender claramente sus límites.
Una remesa familiar y una transferencia humanitaria no son exactamente lo mismo
La Licencia General 60 no elimina las sanciones estadounidenses sobre Venezuela.
Tampoco significa que cualquier transacción financiera relacionada con el país esté automáticamente autorizada.
Su alcance está específicamente relacionado con los esfuerzos de ayuda por los terremotos. Además, no autoriza el desbloqueo de propiedades previamente congeladas ni operaciones prohibidas por otras disposiciones que permanezcan vigentes.
Las remesas personales no comerciales tienen otros mecanismos regulatorios.
OFAC señala expresamente que sus sanciones no pretenden impedir las remesas personales y no comerciales destinadas al pueblo venezolano y mantiene licencias que permiten determinadas operaciones relacionadas con ese tipo de transferencias. Consulta las preguntas frecuentes de OFAC sobre Venezuela
La diferencia es importante.
No todas las transferencias hacia Venezuela funcionan bajo el mismo marco jurídico.
El propósito del pago, las partes involucradas, las instituciones utilizadas y la jurisdicción desde donde se realiza pueden cambiar las obligaciones de cumplimiento.
Pero hacer que el dinero cruce la frontera es apenas la mitad del problema
Después aparece otra pregunta:
¿cuánto valor puede utilizar realmente la persona que lo recibe?
Entre quien envía US$100 y quien finalmente los utiliza pueden aparecer comisiones, diferencias cambiarias, intermediarios, costos de conversión, tiempos de procesamiento y distintas formas de retirar o gastar los fondos.
Por eso una remesa no debería medirse solamente por el precio anunciado del envío.
La medida realmente útil es otra:
cuánto dinero sale del bolsillo del remitente y cuánto poder de compra termina en manos del receptor.
En una emergencia, la diferencia importa todavía más.
Una transferencia rápida pero costosa puede reducir la cantidad de ayuda disponible.
Una transferencia barata que tarda demasiado puede no resolver una necesidad urgente.
Venezuela lleva años experimentando con distintas formas de mover valor
La crisis económica venezolana produjo uno de los ecosistemas monetarios más particulares de América Latina.
Bolívares.
Dólares en efectivo.
Transferencias bancarias.
Pago Móvil.
Billeteras digitales.
Criptoactivos.
Stablecoins.
Diferentes instrumentos terminaron coexistiendo porque las personas necesitaban resolver problemas diferentes: pagar, ahorrar, convertir y mover dinero.
Es precisamente dentro de esta transformación donde están apareciendo nuevas plataformas financieras.
SIVA forma parte de esa nueva generación de plataformas digitales que busca simplificar el movimiento de dinero entre personas, monedas y mercados, incluyendo escenarios donde una misma familia o empresa opera entre Venezuela, Colombia y otros países.
Su aparición, junto con otras soluciones fintech, responde a una necesidad que se vuelve cada vez más evidente:
la vida de las personas puede cruzar fronteras mucho más fácilmente que sus sistemas financieros.
La tecnología intenta reducir esa distancia.
Eso no significa que una plataforma elimine por sí sola las restricciones regulatorias, los costos o los riesgos asociados con una transferencia internacional. Toda operación debe cumplir con las normas aplicables en cada jurisdicción.
Pero sí cambia la expectativa de los usuarios.
Hoy una persona quiere saber cuánto envía, cuánto cuesta, qué conversión recibe, cuánto tarda y cuánto valor estará disponible al otro lado.
Las remesas ya no son un fenómeno marginal en América Latina
Venezuela forma parte de una transformación regional mucho mayor.
El Banco Interamericano de Desarrollo estimó que América Latina y el Caribe recibió aproximadamente US$174.400 millones en remesas durante 2025, estableciendo un nuevo máximo regional y completando 16 años consecutivos de crecimiento.
Detrás de ese número existen millones de pequeñas operaciones.
Un trabajador enviando US$200.
Una hija pagando los medicamentos de sus padres.
Un migrante cubriendo la matrícula de un hijo.
Una familia ayudando con el alquiler.
La suma de millones de decisiones privadas termina teniendo consecuencias macroeconómicas.
Por eso las remesas ya no pueden entenderse únicamente como dinero que los migrantes envían a casa.
En muchos países son parte de la infraestructura económica.
El siguiente desafío es reducir la fricción
Durante décadas, gran parte de la innovación en remesas se concentró en hacer posible que una persona enviara dinero desde un país hacia otro.
Ahora la competencia está evolucionando.
El usuario comienza a exigir algo más:
que mover dinero sea sencillo, transparente y predecible.
Quiere entender las comisiones.
Quiere conocer el tipo de cambio.
Quiere saber cuándo llegará.
Quiere tener distintas posibilidades para utilizarlo.
Y, sobre todo, quiere conservar la mayor cantidad posible del valor que decidió enviar.
Esa última variable probablemente será una de las grandes conversaciones financieras de los próximos años.
Porque enviar dinero y preservar su valor no son exactamente la misma cosa.
La reconstrucción pone a prueba toda esa infraestructura
El caso venezolano muestra por qué hablar de infraestructura financiera no es una discusión abstracta sobre tecnología.
Cuando ocurre una crisis, la capacidad de mover dinero puede convertirse también en infraestructura de respuesta.
No reemplaza hospitales.
No reconstruye carreteras.
No levanta viviendas.
Pero permite movilizar los recursos necesarios para comprar medicamentos, materiales, alimentos y servicios.
Y en un país con una diáspora de millones de personas, esa capacidad adquiere una importancia especial.
Lo que sabemos y lo que todavía falta entender
Hecho: el Inter-American Dialogue estima que Venezuela recibió alrededor de US$6.000 millones en remesas durante 2025, aproximadamente 6% del PIB, con cerca de la mitad procedente de Estados Unidos.
Hecho: OFAC mantiene autorizaciones que permiten determinadas remesas personales y no comerciales hacia Venezuela.
Hecho: la Licencia General 60 autoriza temporalmente determinadas transacciones relacionadas con los esfuerzos de ayuda por los terremotos hasta el 23 de octubre de 2026.
Hecho: las remesas hacia América Latina y el Caribe alcanzaron un récord estimado de US$174.400 millones en 2025.
Interpretación: la combinación de una diáspora numerosa, una alta dependencia de las transferencias familiares y el desarrollo de nuevos canales financieros está convirtiendo la infraestructura de pagos en una pieza cada vez más importante de la economía venezolana.
Lo que todavía debemos observar: cuánto aumentarán los envíos después de los terremotos, qué canales ganarán participación, qué costos terminarán pagando los usuarios y qué ocurrirá con las autorizaciones especiales cuando expire la Licencia General 60.
Durante mucho tiempo pensamos que mover dinero era simplemente una actividad financiera.
Para millones de familias venezolanas significa algo mucho más concreto.
Significa alimentos.
Medicinas.
Educación.
Vivienda.
Y, en momentos extraordinarios, reconstrucción.
Por eso quizás la pregunta más importante no sea cuánto dinero puede enviar la diáspora venezolana.


